Avistamos ballenas y delfines en las Azores

Avistamos ballenas y delfines en las Azores

La isla de Sao Miguel es uno de los principales santuarios de cetáceos y pudimos disfrutarlo

Beatriz Tabarés - DDA | 12 jul 2019

6 de julio. Ponta Delgada. 8 de la mañana. La capital de Sao Miguel, una de las nueve islas que componen las Azores, nos recibe con los brazos abiertos. Parece saber que estamos a punto de iniciar una de esas aventuras que quedan grabadas en la memoria: el avistamiento de ballenas y delfines en libertad, en el que es uno de los mayores santuarios de cetáceos del mundo. Nervios e ilusión.  

 

 

“Por fin. El día ha llegado”.  

 

Después de meses planificando esta salida, siempre te queda la duda de si habrás elegido bien la localización, de si será el momento perfecto. La eterna pregunta: ¿Hará buen tiempo? Contemplar y disfrutar de cerca a estos cetáceos en su hábitat natural era una tarea pendiente, de esas que tienes en tu lista desde siempre, pero que no sabes cuándo podrás hacer realidad. 

 

Tras mucho investigar, descubrimos que las Azores prohibieron la caza de estos animales en 1996, fraguándose como el santuario en el que hoy se han convertido estas islas portuguesas, con más de 20 especies de cetáceos campando a sus anchas por sus aguas.

 

Algunas especies permanecen allí durante todo el año, haciendo de esta zona su hogar permanente. Otras, solo cruzan de paso, como es el caso de la ballena azul, el animal más grande que existe, y al que también se puede ver aquí, pero solo durante los meses de primavera.  

 

Son varias las compañías que ofrecen servicios de nado con delfines en libertad o avistamiento de cetáceos en Sao Miguel. Nosotros elegimos Futurismo tras informarnos sobre sus prácticas con los animales. Queríamos hacer una actividad 100% respetuosa con los cetáceos. Y así fue. No les alimentan para garantizar su visita –hecho que modifica sus hábitos y costumbres y vuelve dependientes a animales que son salvajes-, y respetan la distancia que les separa del animal una vez es avistado. 

 

La aventura empezaba. Un nudo en el estómago. Chubasquero puesto y chaleco salvavidas en mano. Nos sentamos en nuestra zodiac y ya está. Todo listo, arrancando motores. En la cabeza, un único pensamiento.:“Llegó el momento”. Nos adentramos en mar abierto. 

 

Desde la propia isla, los compañeros comunicaban a nuestros guías y biólogos dónde se encontraban los cetáceos. De pronto, desde torres vigías, un mensaje en lengua portuguesa que escuchamos a través del altavoz. Están cerca. Aumentamos nuestra velocidad.

 

“¡Hasta el infinito y más allá!”.  

 

Ahí están. Decenas de delfines manchados hacen su majestuosa primera aparición. “No podemos pedir más a la vida”, pienso. Llamadme sensiblera pero me embarga la emoción. Veloces, con ese eterno gesto de simpatía que les caracteriza, en familia, navegan a nuestro lado. Curiosos, quieren ver quiénes somos y qué hacemos por allí, pero ya saben que no hay peligro. Están acostumbrados y parece gustarles nuestra compañía.

 

A mí me encanta la suya. “Qué felicidad”. 

 

delfines manchados en Sao Miguel

Una cría de delfín manchado junto a su madre | DAKARI DIARIO

 

Continuamos el viaje con una primera experiencia maravillosa grabada en nuestras retinas. Los siguientes en aparecer fueron los delfines de Risso, una especie cuya anatomía recuerda un poco a la de la beluga, y cuya presencia volvió loco de alegría a nuestro guía. “Es mi especie favorita. ¡Hoy es un día feliz!”, comentaba.   

 

Estos cetáceos parecían mucho más tranquilos que los primeros delfines que avistamos, algo extraño tratándose de esta especie, que suele ser bastante activa en la superficie. Pudimos grabar al grupo completo bajo el agua, que en este animal no suele superar los 15 miembros. ¿Lo más curioso de estos ejemplares? En la etapa adulta, son de color blanco. Son diferentes.

 

De nuevo, voces exaltadas por el altavoz. ¡Nos vamos a ver nuestro primer cachalote de un total de cuatro! Tuvimos una gran suerte porque pudimos avistar tres especies diferentes de delfines y varios cachalotes. Esta ballena vive en Azores a tiempo completo.

 

Ahí está. Colosal.

 

Paramos motores para contemplarla, manteniendo una distancia de seguridad para que el cetáceo no se sienta agobiado ni se asuste.

 

"Impresionante". 

 

El cachalote sube a respirar a la superficie, pudiendo estar entre dos y tres horas en las profundidades del océano. Es cuando ascienden cuando podemos verles, incluso desde tierra, con unos buenos prismáticos. Permanecen en la superficie durante unos minutos, hasta que deciden regresar al interior de su hogar para perderse en la oscuridad. Y ahí llegó uno de los momentos más emocionantes de esta expedición: “¡La cola, la cola!”, nos alertaban los biólogos. Cogen impulso y se zambullen, mostrando su su parte más característica: su aleta caudal. Nos despedimos de ellos a voz en grito. “Adiós, amigos, ¡hasta pronto!”. Creo que todos en el fondo esperamos que nos oigan, que nos entiendan. Quién sabe si quizás lo hagan. Unos instantes para recordar. 

 

“Ya podemos dormir tranquilos”, reflexionaba. Qué maravilla. 

 

Por si eso no hubiese sido suficiente, la experiencia se repitió en varias ocasiones con distintos ejemplares de cachalote, y terminamos navegando con un grupo de delfines comunes que nos enamoró con sus saltos sobre el agua.  

 



Delfines comunes en Azores | DAKARI DIARIO

 

Cuando ves a estos cetáceos en libertad, felices nadando durante kilómetros, eres realmente consciente de que es aquí donde deben estar: en su casa, en su hogar. Aunque la intención de muchos zoos o parques sea la de divulgar conocimiento sobre las especies, los procesos de adiestramiento a los que se ven sometidos algunos ejemplares, así como las condiciones en las que habitan, no configuran el contexto en el que deberían vivir ni en el que deberíamos recordarles.  

 

Los animales salvajes deben estar en libertad.  

 

Bajé de la zodiac con una sensación de alegría y enriquecimiento personal que no recordaba. Pensé en lo afortunados que somos de haber podido vivir esta experiencia y en la suerte que habíamos tenido. “Ojalá pudiésemos estar más cerca”, me decía. Pero lo importante es que ellos sí estén allí, libres, en su sitio, en los alrededores de una isla que es pura naturaleza y que invita a quedarse. El contexto no puede ser mejor para nuestros nuevos amigos los cetáceos. El planeta nos regala momentos maravillosos. 

 

“Volveremos”. 

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Precioso reportaje

publicada el ( 12 jul 2019 ) por Mayte
Genial, debe ser una experiencia alucinante y muy gratificante ver animales en libertad


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